una práctica habitual con fines ganaderos y cinegéticos contra lo que
trata de luchar la brigada y unidad canina especializada de Málaga.
en el campo para controlar a los depredadores que suponen una amenaza
para las especies ganaderas y cinegéticas. El uso de cebos envenenados
de forma indiscriminada ha sido siempre la práctica más extendida en las
zonas rurales sin medir las macabras consecuencias que eso implica para
otros animales, muchos protegidos que caen en la trampa que termina en
un trágico final.
Hace ya más de 20 años que la utilización de veneno, en su
mayoría productos fitosanitarios prohibidos por su peligrosidad, para
impregnar trozos de carne que sirvan como cebo se considera una práctica
ilegal tipificada como delito y que conlleva penas de dos años de
cárcel y multas de hasta 300.000 euros. Pero ni siquiera eso disuade a
los autores de esta masacre no selectiva contra numerosas especies.
Quebrantahuesos, alimoches, jinetas, buitres, aves rapaces,
zorros y perros suelen caer con relativa facilidad ante la suculento
cebo mortal que encuentran en zonas donde a los ganaderos o los
cazadores no les interesa que se acerquen.
La Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía fue
pionera en intentar atajar este problema con la puesta en marcha hace
diez años de la llamada estrategia para la erradicación del uso ilegal
de cebos envenenados, para lo que se formaron brigadas especializadas en
investigación de este tipo de casos entre los Agentes de Medio Ambiente
y se crearon las unidades caninas -hoy en día sólo una para toda la
comunidad- entrenadas a conciencia para detectar estos cebos.
Son como los C.S.I del campo y su trabajo resulta crucial
para la prevención, concienciación y el esclarecimiento de la muerte no
selectiva de todo tipo de animales. José Luis Ojeda es Agente de Medio
Ambiente y miembro de la Brigada de Investigación de Envenenamiento de
Fauna de Málaga, de la que forman parte otros siete compañeros, confirmó
que lejos de estar erradicada esta práctica «sigue siendo muy habitual
en el campo».
La Serranía de Ronda y la comarca norte de la provincia de
Málaga son los puntos más calientes y en los que se centran la labor de
esta unidad. Linderos, senderos de uso público, salidas de madrigueras,
alrededores de fincas o de cotos de caza son los lugares normalmente
elegidos para la colocación de estos cebos. «Por lo general suele
hacerse con fines cinegéticos y ganaderos, pero también se dan casos
relacionados con rencillas entre vecinos a los que les molestan los
perros de unos u otros, con el correspondiente riesgo que eso supone
para cualquier otro animal e incluso para las personas», dijo.
Por suerte, señaló Rocío Guerrero, otra de las componentes de
esta brigada, que «a veces hay gente que nos suele avisar cuando saben
de la colocación de estas trampas, muchas veces por simples venganzas,
pero de un forma u otra siempre nos llega información».
Tanto la brigada como la unidad canina actúan según un
calendario programado de inspecciones periódicas con carácter preventivo
en aquellas zonas consideradas más conflictivas, donde su sola
presencia sirve de medida disuasoria. Pero también cuando surgen casos
en los que hay que intervenir de forma inmediata. Es el caso del parque
Los Tres Jardines, en San Pedro de Alcántara, hasta donde el pasado
jueves se trasladaron los Agentes de Medio Ambiente y la unidad canina
en busca de algún elemento venenoso que pudiera explicar el misterioso
capítulo sucedido el pasado fin de semana cuando un niño alimentó a su
perro con una seta recogida en dicho parque cerca del área de juegos y
que acabó con la vida de la mascota.
Puma, una pastora belga malinois de cinco años de
edad, fue la encargada en esa ocasión de rastrear todo el recinto en
busca de algún indicio de veneno. Este periódico tuvo la posibilidad de
ver en vivo cómo trabaja esta experta olfateadora en el rastreo de la
zona. Pero no encontró nada sospechoso.
Esta perra forma, junto a otros cuatro canes, la unidad canina
especializada de la Consejería e Medio Ambiente para luchar contra lo
cebos envenenados. Raúl Martín es el guía canino que los acompaña y
adiestra en esta delicada labor que para estos animales no deja ser un
juego.
Con apenas dos meses de vida los perros, previamente elegidos
por su predisposición al trabajo, ya están en condiciones de comenzar el
adiestramiento que normal se suele prolongar hasta los dos años, tiempo
en el que adquieren su especialización mediante el reconocimiento de
hasta un máximo de cinco olores para los que se le va a entrenar. A esa
edad, según explicó Martín, ya están preparados para empezar a trabajar y
«su vida efectiva puede durar entre los cuatro y los ocho años».
Su mayor motivación para cumplir con la tarea que se les
encomienda es la recompensa que esperan recibir por ello, como una
pelota, un mordedor, comida o simplemente agua. Son muchas las horas de
entrenamiento y constancia diaria las que necesitan, aseguró el guía
canino, para que asocien estas reglas y conseguir que cuando encuentren
el objetivo ladren, se sienten o se tumben para indicar el lugar exacto
que permita a los agentes de medio ambiente examinar la zona en busca de
pruebas.
Aunque el riesgo es muy alto para estos perros por la
peligrosidad del tipo de sustancias con las que trabajan. Antes de cada
búsqueda, el guía les coloca un collar vibrador que teledirige a
distancia para evitar que se coman el cebo envenenado que encuentran,
«pero no siempre es posible evitarlo y algunos caen en la trampa»,
aseguró. Siempre lleva consigo agua oxigenada, carbón activo y atropina
para poder atender al perro de forma inmediata en el caso de que ingiera
el veneno.
Su apoyo a los Agentes de Medio Ambiente en esta lucha resulta
fundamental y juntos forman un equipo perfecto y coordinado que ha
permitido esclarecer casos realmente complicados, en muchas ocasiones
con la colaboración también del Servicio de Protección de la Naturaleza
(Seprona) de la Guardia Civil. Hace tan sólo unas semanas que esta
brigada concluyó una investigación que se saldó con la incautación de
300 artes de caza furtiva y la denuncia de dos personas por su relación
con esta práctica ilegal en dos cotos de caza propiedad de una misma
sociedad de cazadores de Sierra de Yeguas.
Antonio Valero, técnico de medio ambiente de la Junta en Málaga,
explicó que «es una tarea ardua y laboriosa que requiere una gran
precisión para poder demostrar que una persona ha usado ese veneno para
matar a un animal». Pero los Agentes de Medio Ambiente recurren a
métodos y medios de investigación como si de cualquier caso de homicidio
se tratara. La unidad forense también de la Junta supone un apoyo en
estos casos y también el centro de análisis y diagnóstico, situado en
Málaga y único en toda la comunidad donde se llevan las muestras de los
cebos y los animales que permiten demostrar la causa de la muerte.
Fue gracias a este laboratorio especializado como se pudo
demostrar la autoría de un pastor de Castril (Granada) en el
envenenamiento de un quebrantahuesos y por lo que fue condenado en
firme. En ese caso, las pruebas de ADN realizadas tanto al
quebrantahuesos como a la carne envenenada que había ingerido
permitieron corroborar que el pastor había usado como cebo a una de sus
ovejas muertas y que fue impregnada de veneno.
También por las pruebas de ADN se consiguió identificar el
gallinero de donde procedía la carne de pollo que se utilizó como cebo
envenenado por el que murió un lince ibérico en Andújar (Jaén).
Cualquier prueba es válida. Nunca bajan la guardia.
